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El peligro de ser periodista en México


Según la organización Reporteros Sin Fronteras por la Libertad de Expresión, México sigue siendo, año tras año, uno de los países más peligrosos y mortíferos del mundo para los medios.

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Claramente escuché la sentencia segundos antes del estruendo que causó la detonación de una granada de fragmentación.

“Ahora sí, se los va a llevar la chingada”, sentenciaron los sicarios (thugs) armados que entraron al periódico El Mañana de Nuevo Laredo en Tamaulipas, México. El estruendo de una granada te aturde, pero la ráfaga de unos 200 disparos de arma de alto calibre te paraliza momentáneamente.

En la redacción todo transcurría normalmente. Ese día, hace 16 años, había menos de la mitad del personal, ya que era feriado en México, cuando de pronto un estruendo nos sacudió a todos. Dos sicarios habían entrado a la recepción.

Recuerdo todo en cámara lenta. Veo que mi compañero de escritorio Jaime Orozco Tey cae al piso al ser alcanzado por las balas de alto calibre. Después de unos segundos yo también me tiro. Comienzo a arrastrarme como si estuviera en medio de una guerra. Siento que alguien me jala atrás de un muro donde se encuentran los cubículos.

Son las 7:45 de la noche del 6 de febrero de 2006. Escucho gritos. Más balas. Veo el caos. Más balas.

Vuelvo a la realidad cuando mi esposo, (mi novio entonces) corre semiagachado hacia mí, me jala del brazo y me dice “vámonos”. Corrimos agachados en medio de una ráfaga de disparos.

Lo que no sabía en esos momentos es que mi compañero Orozco Tey, había recibido cinco disparos: dos en el abdomen, uno en el hombro, otro en un pulmón y el último en la columna vertebral que lo dejaría sin movimiento en las piernas y necesitando de un arnés que mantenga su espalda firme. 

A pesar del daño en el inmueble, sólo él fue herido de gravedad. Unos compañeros presentaron heridas de esquirlas de bala y otros ataques de pánico. Aunque no se sabe el motivo exacto del ataque se cree que fue una advertencia por el contenido editorial. Hasta la fecha no hay ningún detenido y el caso sigue sin resolverse.  

Yo tenía 23 años. Y nunca volví a la redacción de El Mañana. Decidí buscar trabajo en un medio en Estados Unidos para garantizar mi seguridad, paz mental y porque aquí sí se respeta a los periodistas y la libertad de expresión. 

Dieciséis años después del atentado sigo con secuelas. Cuando escucho un fuerte ruido o los fuegos artificiales del 4 de julio hacen que los recuerdos vuelvan a mí. No puedo evitar ponerme nerviosa, insegura y hasta un poco ansiosa.

De 2000 a la fecha, Artículo 19, una organización independiente y apartidista que aboga por la prensa libre, ha documentado 152 asesinatos de periodistas en México — 140 hombres y 12 mujeres.

Los dos últimos sexenios han sido los más violentos para periodistas. Tan solo en el mandato de Enrique Peña Nieto, 47 perdieron la vida, y en el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador, quien lleva tres años en el poder, han muerto 32.

El más reciente caso es el del periodista Armando Linares López, director de Monitor Michoacán, quien fue baleado el pasado 15 de marzo por sujetos armados que ingresaron a su domicilio, en Zitácuaro, Michoacán, lo que lo convirtió en el octavo periodista asesinado en México, en lo que va del año.

El primer asesinato de este 2022 fue el del periodista José Luis Arena Gamboa, del medio Inforegio Network. Fue apuñalado afuera de su domicilio en Veracruz el 10 de enero.

Según la organización Reporteros Sin Fronteras por la Libertad de Expresión, México sigue siendo uno de los países más peligrosos y mortíferos para los periodistas. Aunque se han hecho avances para protejerlos, como los dispositivos electrónicos o “botones de pánico” —que alertan a autoridades si hay amenaza-, además de monitorear sus casos y darles escoltas, las agresiones, asesinatos e impunidad son el pan de cada día.

A diferencia de otros países, los periodistas en México sufren amenazas e intimidaciones, son asesinados o simplemente desaparecidos por publicar temas que no le gustan a los gobernantes o relacionados con el crimen organizado. Muchos de ellos se han exiliado a otros países.

En los dos medios para los que trabajé en México, hubo amenazas de grupos delictivos para no publicar cierto contenido editorial. Una noche, cuando trabajaba en El Diario de Nuevo Laredo, recibí la llamada de quien se identificó como publirelacionista del cartel de Los Zetas en las que me exigió que no publicara una nota. Dos minutos después de colgar con ella, el jefe de redacción me pidió que no publicaramos nada.

Algunos medios, debido a lo serio de las amenazas y hechos violentos de los que han sido víctimas, se ha autocensurado para resguardar su seguridad y la del personal.

Desgraciadamente en México, la guerra contra el narcotráfico sigue cobrando vidas y dejando heridas que nunca sanan.

Cada redacción tiene sus propias historias: amenazas recibidas a editores por publicar notas; periodistas asesinados desaparecidos o golpeados por redactar esas historias; fotógrafos ‘levantados’ y torturados por tomarle fotos a la persona equivocada, son algunas que llegué a escuchar y fui testigo.

Hace 20 años cuando decidí estudiar la carrera de periodismo no se veían estas cosas y jamás pensé que me tocaría vivir estas experiencias. 

Mis excompañeros de El Mañana y yo tenemos la suerte de estar vivos. 

Lamentablemente no todos tienen la misma suerte que yo.

Los ataques a los medios de comunicación continúan de una forma alarmante y desenfrenada. La Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión, creada en 2010, actúa bajo "una excesiva discrecionalidad" a la hora de asumir los casos. Como resultado, muchas investigaciones quedan incompletas y sin resolver.

En junio cumplo 16 años trabajando para La Voz Arizona y nunca me había sentido tan segura de desempeñarme como periodista. El poder escribir de cualquier tema y no sentirme amenazada al caminar por las calles o estar en la redacción hacen la diferencia, aunque las imágenes de aquel día se han grabado en mi memoria para siempre. 

Espero y confío que un día en México, la muerte y desaparición de periodistas dejen de ser la noticia.